MARAVILLOSA DEBILIDAD HUMANA.
No me pidáis la sonrisa.
No hoy.
No siempre.
No como un deber,
como una bandera limpia
que deba izarse cada mañana
aunque el alma esté rota.
No.
Dejadme estar triste.
Dejadme llorar lo que duele,
lamer la herida,
sentarme en el borde del día
con la melancolía entre las manos como quien sostiene
un pájaro muerto.
Porque ahora vienen todos,
los vendedores de humo,
los profetas del bienestar,
los que gritan en todas las esquinas:
“¡Sé feliz!
¡Sé fuerte!
¡No sufras!”
Y yo los miro
y me río por dentro,
porque no saben
que la tristeza también cura,
que también enseña,
que también sostiene.
Esta es la verdad:
el hombre que no llora se pudre.
El que esconde la pena
bajo la alfombra
termina viviendo
con un animal salvaje
encerrado en el pecho.
Yo no.
Yo quiero mi sombra.
Quiero mi noche.
Quiero mi desánimo limpio,
mi dolor sin maquillaje,
mi melancolía antigua
que huele a tierra mojada
y a memoria.
Porque esta sociedad — esta sociedad light,
de plástico, de sonrisa obligatoria,
de alma en oferta — no tolera la debilidad humana.pero yo sí.
Yo la abrazo, la nombro, la defiendo.
Y si un día vuelvo a ser feliz,
que sea porque he llorado antes,
porque he tocado fondo,
porque he sido humana
hasta las últimas consecuencias.



